EL CARNAVAL DE ÁNIMAS DE VERTAVILLO
F. Javier Abarquero Moras
Luchando contra el tiempo y la despoblación rural, en Vertavillo se conserva una tradición particular que hunde sus raíces en el siglo XVI: uno de los pocos Carnavales de Ánimas que se aún subsisten en la Península Ibérica y la única manifestación de este tipo, de las más de veinte contabilizadas en el pasado, que ha perdurado hasta el siglo XXI en la comarca palentina del Cerrato.
El origen de la fiesta se encuentra en una cofradía de ánimas existente ya en 1575 según los libros de testamentos de la parroquia, aunque la confirmación por parte del Obispo no tuvo lugar hasta 1676. Su finalidad, como es lógico, es la de recaudar fondos para realizar sufragios por las Benditas Ánimas del Purgatorio; sin embargo, muestra en su estructura y en los actos que organiza una serie de particularidades en las que radica su originalidad. En vez de los característicos cargos habituales en otras cofradías, cuenta con una Mesa o Junta directiva formada por oficios militares: un capitán, un aposentador, un alférez, un sargento, un "tambor", un portaestandarte y dos cabos, acompañados de otros cargos civiles y religiosos (dos alcaldes, un síndico, una abad y un secretario). Suya es la tarea de organizar los actos de la fiesta de la cofradía, que tienen lugar en los días de Carnaval. Los preparativos comienzan en las Candelas (2 de febrero), cuando se reúne la Mesa de oficiales por primera vez. Desde ese día y hasta carnaval, tanto al amanecer como al anochecer, salía el encargado del tambor (o tambora) a dar vuelta al pueblo llamando a la oración por las ánimas del Purgatorio, y todas las tardes, al oír el particular sonido de la tambora, los niños de la localidad iban saliendo hasta formar una divertida procesión detrás del oficial.
El domingo antes de carnaval, llamado “Domingo Gordo”, y como aperitivo de la fiesta, se reunían las cuadrillas de jóvenes a merendar en diferentes casas, en un acto que recuerda a las reuniones de cofrades y, por supuesto, a otras tradiciones de comadres y compadres extendidas por la geografía regional.
La fiesta principal tiene lugar en los días de carnaval, que es cuando se desarrollan los actos principales de la tradición, entre los que destaca el “revoleo”.
El domingo de carnaval antes de misa, el tambor hace su recorrido habitual llamando a los cofrades para asistir a la eucaristía con el denominado “toque de oficiales”. En otro tiempo su recorrido pasaba por las casas de los distintos cargos, siguiendo la jerarquía, los cuales se iban incorporando a la comitiva con sus respectivas insignias hasta llegar a la plaza, frente a la iglesia. Allí se realiza el primer revoleo. La marcha, que se inicia con el sonido de la tambora, la encabeza el estandarte, seguido por el capitán, el alférez con la bandera (acompañado de otros dos abanderados por lo general) y el sargento con la alabarda; detrás de ellos sale el tambor y enseguida los demás oficiales con sus varas. En este orden dan una vuelta a la plaza, quedando el estandarte en un extremo, a la derecha del pórtico de la iglesia, los abanderados y el alférez en el centro, frente a la misma, y el tambor y el resto del séquito (capitán, cabos, síndico y alcaldes) en el extremo opuesto, junto al Ayuntamiento. La tambora, con sus toques y cambios de ritmo, va marcando los distintos pasos de la exhibición. El primero de ellos es el lanzamiento de la alabarda (un arma ofensiva con morrión en forma de tridente revestida de cintas de colores) por parte del sargento, que en esta ocasión lo hace tres veces: en el centro de la plaza, a un lado y al otro. La pericia del oficial consiste en lanzarla lo más alto posible con una sola mano, que aquella se eleve en posición horizontal y recogerla a su vuelta igualmente sin usar más que un brazo, evitando que caiga al suelo y que se desequilibre. Antes de cada lanzamiento el sargento hace un particular saludo (indicando a uno y otro lado con los dedos índice y pulgar de la mano derecha). Tras este preludio salen el alférez y los abanderados que lo acompañan, repiten el mismo saludo y, siguiendo las indicaciones de la tambora, empiezan el revoleo de las banderas, con una sola mano, primero hacia un lado y luego hacia el otro. Su habilidad radica en evitar que la tela se enrolle, sobre todo en el momento de hacer el giro, y en soportar el peso del mástil, desde luego nada desdeñable. Este revoleo se interrumpe dos veces para tirar la alabarda nuevamente y culmina con otros tres lanzamientos similares a los que lo abrieron.
Una vez acabada la demostración se reanuda el desfile alrededor de la plaza, se da el último toque de campanas y se entra en la iglesia. La salida del sacerdote se acompaña de un redoble de tambor y da comienzo el oficio. Antes del ofertorio la tambora se deja oír de nuevo, el cura desciende al pie del altar y sujeta con su mano la estola. El síndico se coloca a su lado con el platillo y los cofrades dirigentes primero y luego todos los demás, pasan besando la mencionada prenda y depositando su donativo mientras el tambor y los oficiales dan una vuelta por el interior del templo al son del llamado toque del ofertorio.
A la salida de la ceremonia se repite el tradicional acto del desfile alrededor de la plaza y el revoleo y tras ello se invita a los presentes a probar el vino en la sala de la cofradía, como recuerdo de las colaciones que se ofrecían en el pasado a los oficiales. Por la tarde, el revoleo se repite en “el postigo”, emblemático lugar de la localidad presidido por un rollo renacentista.
El martes es el día dedicado específicamente a las ánimas dentro de la fiesta. La mezcla de la devoción a los difuntos y del carnaval puede sorprender a una sociedad actual desacralizada, pero no era extraña en España entre los siglos XVI y XIX. Una forma de vencer al enemigo es unirse a él, y eso debieron pensar los devotos católicos tras el Concilio de Trento, cuando se generaliza la creencia en las ánimas purgantes, creando estas cofradías que se dedicaban, precisamente estos días de gran diversión, a rezar por su salvación. No se renuncia al festejo, pero se combina con los responsos, de manera que todos salen ganando. No es más que una manera de “encauzar” los excesos del antruejo hacia un fin cristiano.
Además de repetir los actos del revoleo, esta vez presididos por un estandarte negro de luto, el martes de carnaval se construía dentro de la iglesia, delante del altar, un “túmulo” o catafalco. Estaba formada por una pirámide escalonada de cajones con calaveras pintadas que representaban a las ánimas del purgatorio. En la parte superior, y siguiendo una costumbre de origen pagano, se colocaba una hogaza de pan. Esta “tumba” era además velada durante los oficios religiosos por cuatro jóvenes uniformados y con escopetas, elegidos entre los recién llegados después de hacer el servicio militar.
El miércoles de Ceniza en Vertavillo, por su parte, también era protagonista de diversos actos. Por la mañana, los jóvenes recorrían las calles con cencerros y echando “gallinaza” o “aspergés” (una pestilente mezcla de estiércol de gallina y ceniza) para echar fuera las carnes (carnestolendas) y dar comienzo a la cuaresma. Por la noche se efectuaba el Entierro de la Sardina con una particular fórmula. El cortejo portaba una escalera de mano cubierta por una manta en cuyo extremo delantero se sujetan dos botas que simulan los pies del difunto, mientras que por el hueco trasero una persona asomaba la cabeza reclinada hacia atrás, de manera que, aunque camina con el resto de la comitiva, parecía ir tumbado en las parihuelas. Otro intérprete se viste de obispo o sacerdote, al que también podía acompañar un monaguillo, y recita toda serie de dislates en un latín inventado, al que se unen chascarrillos y ocurrencias de los asistentes. Las mujeres se colocaban los más disparatados lutos y seguían la comitiva bailando y cantando al son de la tambora.
La fiesta no se daba por concluida hasta el domingo siguiente, llamado de Piñata. En esta fecha se repiten los actos del revoleo, se traspasan los cargos de oficiales y se pagan las cuotas de los cofrades.
Como vemos, las tradiciones que acompañan, o acompañaban, al carnaval de Vertavillo, alternan con pericia los actos religiosos o los rezos por los difuntos, con otros de carácter lúdico y que entroncan con las mascaradas de invierno llenas de colorido y de probable origen pagano. En el primero de los casos, el martes por la tarde se siguen realizando responsos en la sala de la cofradía, dentro de una ceremonia de carácter intimista que parece sacada de un velatorio de otro tiempo. Relacionada con estas oraciones, se conserva aún en la sacristía de la iglesia una “tablilla” de ánimas con figuras purgantes pintadas abrasadas por las llamas. En el segundo caso sabemos de la existencia de “birrias” o “botargas”, personajes estrambóticos que en siglos pasados causaban el enojo de las autoridades eclesiásticas, así como el estrafalario encierro de “la vaca”, organizado por los jóvenes, en el que dos personas soportan un armazón cubierto por mantas de ganado, llevando la que va delante una enorme máscara con cuernos y grandes ojos pintados. El falso animal recorría la plaza y las calles acosando y persiguiendo a los chiquillos y, a su vez, era hostigada por uno o dos jinetes (a caballo o en burro) también ataviados con disparatados atuendos.
Devoción y fiesta, rezos y baile, espectáculo de carácter castrense que puede estar enraizado en las mesnadas concejiles, personajes burlescos salidos del pasado, máscaras y disfraces. La fiesta popular se puede definir como el contraste entre el colorido de las banderas y el alegre ruido del carnaval por un lado, y la oscuridad del estandarte de luto y el respetuoso silencio sólo arañado por los rezos a favor de las ánimas por otro.
Sin duda, el carnaval de ánimas de Vertavillo vivió sus años de mayor esplendor a mediados del siglo pasado, pese a que ya entonces debía haberse transformado en algunos aspectos. Ahora, aunque sea a costa del sacrificio de ciertas reglas, hemos de intentar mantener la tradición. Es nuestro legado, es nuestra obligación.
Bibliografía:
Abarquero Moras, F.J. (2009): El Carnaval de Vertavillo y las cofradías de ánimas del Cerrato Palentino, Estudios Locales, 6, Institución Tello Téllez de Meneses, Diputación de Palencia, Palencia.
Sánchez Doncel, G. (1950), “Estudio Documentado de la Villa de Vertavillo”, PITTM (Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses, 4, 58-132.
Este blog tiene como objetivo publicar información relativa a la cultura, la historia, el arte, las tradiciones y las costumbres de Vertavillo (Palencia), admitiendo también informaciones de actualidad referidas a estos aspectos.
viernes, 13 de febrero de 2015
jueves, 3 de enero de 2013
Retablo Mayor de la Iglesia de Vertavillo. Cuadros historiados de la Adoración de los Pastores y de la Adoración de los Reyes.
Cuadros historiados en medio relieve
del Altar Mayor de la Iglesia Parroquial de San Miguel de Vertavillo. Adoración
de los Pastores y Adoración de los Reyes.
Las
fechas navideñas y la celebración de la Epifanía del señor son buenos pretextos
para hablar de dos excelente muestras de escultura barroca que forman parte del
Retablo Mayor de la Iglesia Parroquial de Vertavillo.
La
fábrica de dicho retablo fue encargada a Lucas Ortiz de Bohar, ensamblador
afincado en Villamuriel, quien la ejecutó entre 1700 y 1701 por un coste de
11.700 reales de vellón. Se trata de una obra de claro estilo barroco, con un
banco, un cuerpo principal con cinco ochavos separados por columnas salomónicas
revestidas de hojas de parra, racimos de uva y yedra, y un remate superior
adaptado a la bóveda del ábside.
En
las cinco hornacinas del cuerpo central se colocan las esculturas de San Miguel
Arcángel, que ocupa el lugar central y que es obra de Tomás de Sierra, y las de
San José, San Lorenzo (izquierda) y San Sebastián y San Isidro (derecha),
salidas estas cuatro de la mano de Manuel Ordónez de Ribera.
Las
obras que hoy nos ocupan se encuentran en el banco o predela y son la Adoración de los
Pastores (izquierda) y Adoración de los Reyes (derecha). Se trata de dos
cuadros historiados obra también de Tomas de Sierra, quien recibió por su
trabajo, incluida la talla de San Miguel, un total de 1.100 reales. Su
ejecución debió tener lugar en la primera década del siglo XVIII, tras el
montaje del retablo.
Tomás
de Sierra (al que Gregorio Sánchez Doncel en su Historia de Vertavillo de 1950
cambia el apellido por “Tomás de Herrera”, quizás por un error a la hora de
trascribirlo) nació en la localidad berciana de Santalla (Léon), aunque su
formación escultórica se desarrolló en Valladolid. Llega a Medina de Rioseco en
los años 80 del siglo XVII, donde se casa y establece su taller, trabajando en
varios pueblos de la provincia de Valladolid y de Palencia, como Villaumbrales, Fuentes de Nava y Villamuriel de
Cerrato. Se caracteriza por cierta tendencia hacia lo rococó, su interés por lo
anecdótico y la carga sentimental de los rostros y actitudes. Tiene claras
influencias de Gregorio Fernández y recuerda a Juan de Juni.
Los
dos relieves de Vertavillo se ajustan a la perfección a las características citadas.
En la Adoración de los Reyes podemos ver la expresión entregada de la Virgen y
San José, así como la devoción en la cara de los tres reyes. Destaca la
presencia de detalles como la corona de Melchor depositada ante el niño, las
diferentes urnas de las ofrendas, la riqueza de las vestimentas y la puerta
central que separa los grupos de figuras y representa el portal de Belén, por
la que asoma un cortinaje que le da cierto movimiento y sobre la que no falta
la estrella guía. Curiosos también los dos soldados en seguindo plano, séquito de los reyes.
La
Adoración de los Pastores es sobre todo una escena del Nacimiento, con el niño
en su cuna, la Virgen a la derecha y San José arrodillado a su izquierda; ambos
con los mismos rostros y las mismas vestimentas que en el cuadro anterior, afanados
ahora en atender al recién nacido. La misma puerta se sitúa en el centro de la imagen,
pero en este caso asoman por ella el buey y la mula. Detrás de San José se disponen
dos pastorcillos imberbes en un discreto segundo plano, uno con alforja y otro
con cayado, ambos con vestiduras más humildes. Detrás de la virgen, en un
recuadro intencionadamente separado de la historia principal, hay una escena con
un ángel que porta una cartela y que parece recrear la Anunciación a los
pastores.
F.
Javier Abarquero Moras
Bibliografía:
Sánchez Doncel, 1950, Historia de Vertavillo. ITTM, 4.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Función del Cristo
La Función del Santísimo Cristo
del Consuelo
Estamos acostumbrados a pensar
que lo vivido desde la infancia es, inevitablemente, “de toda la vida”, pero
olvidamos que la Historia se escribe a través de muchas vidas, y que no todas
conocieron las mismas costumbres y similares actitudes. Nuestra presencia en la
tierra es, vista desde los ojos de un historiador, muy corta, y pese a que las
tradiciones son capaces de traspasar siglos e incluso milenios, también es
verdad que algunas se perdieron para siempre o fueron sustituidas por otras en
función de las circunstancias.
Esto podría haber pasado con las
fiestas del Santo Cristo del Consuelo en Vertavillo. Cualquiera de nosotros
daría por sentado que se vienen celebrando desde tiempos inmemoriales, y así
es, puesto que nadie encuentra en su memoria, ni en la de sus antepasados más
directos, nada que lo ponga en duda. Sin embargo, y si seguimos las pistas de
los documentos históricos, parece que no siempre la fiesta principal de nuestro
pueblo fue esta de mediados de septiembre.
Curiosamente tampoco he
encontrado, por el momento, nada que haga suponer que se festejara de manera
especial la festividad del olvidado santo patrono de la localidad, San Miguel
Arcángel, el día 29 de septiembre, más allá de una pequeña celebración
restringida al gremio de los pastores que se hacía el día 8 de mayo (día de la
aparición de San Miguel). Sin embargo, y como se menciona en las respuestas
dadas al formulario del Marqués de la Ensenada en 1752, el común de Vertavillo
se hacía cargo de los gastos ocasionados por las fiestas de San Lorenzo (10 de
agosto), San Bartolomé (24 de agosto) y San Roque (16 de agosto). Por lo visto,
a mediados del siglo XVIII era este mes veraniego el más nutrido en
festividades. De todas ellas hemos de destacar la de San Roque, puesto que de
la misma sí se guarda memoria viva entre la generación nacida en la primera
mitad del siglo pasado. El santo, que reposa en uno de los altares de la
iglesia parroquial, era sacado en procesión por las calles del pueblo y
homenajeado por unos interminables bailes a la puerta de la iglesia. De la
fiesta de los otros dos próceres no se tiene memoria, aunque hemos de destacar
la posición preeminente de San Lorenzo, el de las parrillas, a la izquierda del
patrón en el lujoso altar mayor de la iglesia.
¿Desde cuándo se celebra entonces
la festividad del Santo Cristo del Consuelo? Pues habrá que suponer que después
de aquellas fechas, y muy probablemente desde finales del citado siglo XVIII. A
esta conclusión nos llevan los datos publicados por G. Sánchez Doncel sobre la
ermita del Cristo llamado hasta 1618 del Humilladero. La majestuosa
construcción neoclásica que hoy contemplamos fue en el siglo XVII una simple
capilla donde se guardaba la milagrosa imagen, foco de gran devoción entre los
vecinos. De este fervor salían magnánimas limosnas, lo que posibilitó juntar
los cuartos necesarios para su ampliación, la cual se inició en 1721
aprovechando la piedra de la cercana ermita del Arrabal, ya en ruinas. Las
obras parece que duraron mucho tiempo, puesto que su bendición no se produce
hasta 1784.
Este año, el día 14 de septiembre
se traslada el Cristo con una gran procesión y la asistencia del clero de la
comarca, el día 15 se realiza la bendición por el párroco D. Manuel Sanz y se
dice misa solemne, predicando al día siguiente un famoso orador del Convento de
San Diego de Palencia. Los actos se continuaron otro día más con honras
fúnebres por los difuntos de la recién estrenada cofradía del Cristo del
Consuelo (congregación pía de carácter asistencial y funerario cuya fundación
tiene lugar en 1781).
En definitiva, que se juntaron
varios días de fiesta a mediados de septiembre que culminan, como en la fiesta
que todos recordamos, con la misa de difuntos. Parece muy razonable, por lo
tanto, pensar que es a partir de este momento, 1784, con la inauguración de la
recién ampliada ermita del Cristo, cuando se estable la celebración de estas
fiestas.
228 años son muchos para guardar
memoria, ni nuestros abuelos ni los suyos podrían acordarse de otra cosa que de
bajar religiosamente cada tercer domingo de septiembre a celebrar la esperada
función del Cristo del Consuelo.
F. Javier Abarquero Moras
Fuentes: Catastro del Marqués de
la Ensenada, 1752; Sánchez Doncel, 1950 (PITTM,4)
Procesión de San Roque, años 40
San Lorenzo, altar mayor de la iglesia de Vertavillo
lunes, 9 de julio de 2012
475 años del Privilegio de Villa
475 Aniversario del Privilegio de
Villa
En 1537, hace ahora 475 años, el
rey Carlos I de España, emperador del Sacro Imperio Romano-Germano, junto a su
olvidada madre la reina Doña Juana, concede a Vertavillo el título de Villa.
Tal acontecimiento queda recogido en un excepcional documento escrito en vitela
que, milagrosamente, el tiempo ha resguardado hasta nuestros días.
Vertavillo era hasta ese momento
un simple “lugar” que dependía de la jurisdicción de Baltanás en las causas
civiles y criminales excepto en aquellas cuya cuantía fuera menor a 120
maravedíes. Pero el Concejo de Vertavillo, por su cuenta, se emancipa de
aquella tutoría en el año 1532, entablando un pleito que se ventilaba en la
Real Chancillería de Valladolid. Teniendo como tenían los de Vertavillo todas
las de perder, decidieron acudir directamente al Rey suplicando fueran eximidos
de la jurisdicción de Baltanás, por encontrarse este pueblo alejado (dos
leguas) y tener Vertavillo gran número de vecinos (150). Pero por si los
argumentos no fueran suficientes, el Consejo de Vertavillo aporta la cantidad
de 2000 ducados de oro, equivalente a 750.000 maravedíes, para ayudar a las
grandes causas del reino (léase las luchas contra el turco y contra Lutero que
tanta sangría de las arcas nacionales produjeron).
Debió ser la rica suma de dinero
lo que convenció al emperador, que no dudó en dictar el privilegio por el que
Vertavillo, a partir de entonces adquiere el título de Villa, otorgándole
jurisdicción civil y criminal, alta y bajo, mero y mixto imperio. Al mismo
tiempo se faculta a la población a tener “forca e picota, cepo, cárcel, cadena,
cuchillo, azote y todas otras insignias de jurisdicción de villa”.
El documento, en el que figuran
como pagadores el procurador y el regidor de Vertavillo, Martín Núñez y García
de las Moras, fue firmado por el rey en Valladolid el 20 de abril de 1537. En
virtud de este privilegio se construyo el Rollo renacentista que todavía hoy
enseñorea el mirador del Postigo, a la salida del casco amurallado por la
puerta meridional. El monumento es en principio una insignia de jurisdicción,
emblema de la alcanzada categoría de villa, independientemente de que a su lado
se construyeran picotas y cepos como instrumentos de castigo y escarnio
público, y de que, avanzado el tiempo y por identificación de ambos elementos,
también él mismo acabara usándose para infringir alguno de los castigos.
Destaca el rollo de Vertavillo
por su majestuosidad, más de 8 m de altura, una escalinata octogonal que salva el
ligero desnivel del terreno (razón por la que los peldaños varían de 6 a 9 en
función de la cara), y con un fuste cuadrangular (5,85 m) rematado en un
capitel con columnitas torneadas, placas, bolas, un remate troncocónico y
cuatro gárgolas que figuran leones. En su cara septentrional se colocó el
escudo imperial de Carlos I y en la meridional otro escudo.
F. Javier Abarquero Moras
lunes, 25 de junio de 2012
Noche de San Juan en Vertavillo
Noche de San Juan en Vertavillo
Estamos acostumbrados a oír
hablar de las hogueras de San Juan y de la fiesta del fuego como ritual de
renovación en el que se da por finalizado un ciclo. La noche mágica del
solsticio de verano. Sin embargo en Vertavillo la tradición nos cuenta la
existencia de una costumbre de cierto carácter peculiar de la que no formaba
parte el fuego.
Esa noche, la más corta del año, los
jóvenes varones de la localidad se reunían para celebrarla de una manera
especial. De las choperas más cercanas (El Huero o “El Prao”) se cortaban ramas
cuajadas de verdes hojas y con ellas confeccionaban las esbeltas enramadas que tejían con mayor o menor
esmero en las rejas de las ventanas de aquellas casas donde habitaban mozas
casaderas. Se trataba, en definitiva, de un ritual de cortejo colectivo en el
que se plasmaba un paso más en el ciclo natural de la vida de las gentes del pueblo.
No siempre aparecían bonitas
trenzas de ramas, que daban frescor y alegría a las fachadas durante las
primeras horas de aquella mañana, puesto que en ocasiones se obsequiaba a alguna
de las chicas, en función de las simpatías que en esos momentos despertara, con
grandes “tobas” (elevadísimos cardos borriqueros de flor purpúrea y con afilados
pinchos) como castigo por sus desplantes. Tampoco faltaban, en el lado opuesto,
las ventanas en las que la enramada podía aparecer enriquecida con rosas u otras
flores, lo que significaba que la afortunada contaba entre los jóvenes con alguien
especialmente interesado en ella. Pero
la picaresca de la cuadrilla iba incluso más allá, llegando a colocar haces de
alfalfa en las poyatas de aquellas solteras mayores (las solteronas) en una divertida
aunque “grosera” alusión a quienes serían sus únicos pretendientes.
La costumbre dejó de llevarse a
cabo en los años 80, víctima como tantas cosas de la despoblación, pero todavía
es recordada por muchas generaciones.
Javier Abarquero Moras
domingo, 20 de mayo de 2012
Romería de la Virgen de Hontoria (Vertavillo)
Nuestra Señora de Hontoria, una
bellísima talla románica policromada con la virgen sentada en majestad y el
niño sentado en sus rodillas, es una advocación mariana de Vertavillo que
celebra su festividad el sábado antes de la Ascensión. El nombre lo recibe del
pago en el cual se instala su ermita, a unos 4 km al este del pueblo, un
edificio de traza románica con una puerta de medio punto en la fachada
principal y un gran arco triunfal, también de medio punto, en el interior
marcando el presbiterio.
Leyenda de “La Serranilla”
La virgen de Hontoria es llamada
popularmente “La Serranilla”, algo que podría extrañar en una comarca de
páramos y valles alejada de cualquier Sierra al uso. Este nombre tiene su
origen en la vieja leyenda contada y trasmitida a través de generaciones según
la cual iban unos serranos de camino por
estas tierras de viaje con sus carretas. Llegaron al pago de “Hontoria” hacia
el atardecer, momento en el que hallaron entre los matorrales la bella imagen
de la Virgen. Tras cargar con la reliquia prosiguieron su caminar durante toda
la noche, sin embargo, al apuntar las primeras luces del día, los asombrados
serranos se dieron cuenta de que no habían avanzado ni un paso, encontrándose en el mismo punto en el que el día anterior
habían hallado la virgen. Tan “milagroso” fenómeno, interpretaron, no podía
significar otra cosa que la Santa Madre de Dios deseaba que en aquel preciso
lugar le fuera edificada una ermita.
Historia
La leyenda relatada repite la
crónica de otras tantas imágenes de vírgenes repartidas por toda la Península
Ibérica. La realidad histórica tampoco es mucho más original. La ermita de
Hontoria de Vertavillo no es más que el único testimonio en pie de un viejo
pueblo que allí se ubicó durante la Edad Media y que recibía el nombre de
Fontorida. Su existencia está atestiguada por varios documentos de la época,
por varias noticas orales sobre la aparición de sepulturas y por los abundantes
restos arqueológicos que en superficie se pueden observar alrededor del
edificio y en las tierras de labor cercanas. Su desaparición, probablemente a
principios del siglo XVI, respetó la vieja iglesia parroquial de San Esteban,
cambiando la advocación a la de Nuestra Señora de Hontoria.
A
mediados del siglo XVIII había ya una cofradía de la Virgen de Hontoria que,
además, se hacía cargo de los gastos ocasionados por atender a los necesitados
en el llamado Hospital de Nuestra Señora de Hontoria, situado en la actual
calle del Hospital. A principios del siglo XX existía también la cofradía de la
Virgen de Hontoria y de San Miguel, que luego desapareció. A finales del siglo
pasado renació la cofradía de Nuestra Señora de Hontoria que en los últimos
años se ha encargado de la rehabilitación de la ermita gracias a los donativos
de los devotos.
Tradición.
La tradición se hunde en la
historia y probablemente tenga su origen allá por la época en la que se produjo
la despoblación de aquel núcleo medieval. Como en tantos otros pueblos, la
ermita pasó a convertirse en un lugar de romería al que, una vez al año, se
acudía a venerar a la virgen, sirviendo este acto como recuerdo de los hombres
y mujeres que allí moraron. La fiesta
hasta los años 80 del siglo pasado se celebraba el martes antes de la Ascensión
(cuando esta fiesta caía en jueves), pasando luego a ocupar la fecha del sábado
siguiente, con la intención de que pudieran acudir también aquellas personas
que trabajaban y vivían fueran del pueblo. La imagen se saca de la iglesia
parroquial en procesión hasta el Cristo, la ermita situada en la parte baja del
pueblo, donde se le rezaba una oración. Posteriormente era subida en una
carroza y trasladada hasta su ermita, a veces rezando el rosario por la
carretera. En la actualidad, y teniendo en cuenta el alto valor de la talla
románica, se evita este recorrido. En su templo se dice la misa y
posteriormente se realiza otra procesión que acaba delante de la puerta con la
bendición de los campos y entonando primero la salve y luego canciones propias
de la virgen de Hontoria.
La fiesta continua con la comida
campestre, antes en el llamado “Prao”, luego en el monte de “Valdileja”, donde
las familias se reúnen para degustar el menú típico: ensaladilla, tortilla de
patata, filetes empanados y, de postre, leche frita.
F. Javier Abarquero Moras
lunes, 14 de mayo de 2012
¡Viva San Isidro Labrador!
Con esta frase, fuertemente
lanzada al viento, terminaba la procesión del santo patrón de los agricultores,
venerado en Vertavillo como en multitud de pueblos castellanos, amén de en la
capital madrileña; destinatario de inmensidad de rogativas pidiendo lluvia o de
plegarias para ahuyentar el pedrisco.
El 15 de mayo en Vertavillo la
imagen del santo se baja de su privilegiada hornacina en el altar mayor y su
vara se engalana con un ramillete de espigas verdes recién cortadas. Este día
los agricultores dejan los tractores aparcados en la nave y acuden a venerar a
su patrón.
La fiesta, como tantas otras, ha
perdido gran parte de su sabor tradicional. En un pasado no tan lejano el día
de hoy era de gran solemnidad en el pueblo. A la misa mayor acudían las jóvenes
y niñas vestidas con el traje típico (aquí decíamos que se vestían de “San
Isidro”), compuesto de medias blancas, un manteo (falda gruesa) de color rojo
con ribetes o adornos en negro, blusa blanca, delantal y corpiño negros con
abalorios brillantes y pañuelo anudado en la cabeza. Estas ocupaban los
primeros bancos de la iglesia y cada una llevaba una cesta de mimbre adornada
con flores que contenía productos de la tierra (pan, cereal, lentejas,
garbanzos, harina, mantecados, rosquillas…). Durante el ofertorio, las niñas se
acercaban al altar y dejaban su cesta debajo del santo como gesto de gratitud
por la custodia que aquel hace de nuestros campos.
Esta ceremonia esconde, sin duda,
una ancestral relación de concordia entre el hombre y la naturaleza de la que
depende para subsistir, puesto que ritos de reciprocidad parecidos, en los que
se entregan a la divinidad o a los
espíritus del subsuelo parte de los rendimientos que se extraen de la tierra se
documentan en todas las culturas desde época prehistórica. El ofrecimiento a
San Isidro de frutos de la cosecha no hace más que repetir, adaptar y encauzar
esta ancestral costumbre.
La fiesta de San Isidro en
Vertavillo era organizada por la cofradía de labradores que tenía a este santo
como patrón, luego reconvertida en Cámara Agraria (que es la que actualmente se
encarga de la celebración). Tras la misa se ofrecía un ágape a todos los
asistentes en el “Soportal” del Ayuntamiento, en el cual era indispensable la
típica “limonada” con la que más de un chaval acababa mareado.
En la actualidad se conserva la
celebración religiosa, con misa mayor y procesión, y también el refrigerio
posterior, con vino, chorizo, jamón, etc. Falta, lamentablemente, la nota de
color que ponían las niñas con sus alegres trajes.
Javier Abarquero Moras

jueves, 3 de mayo de 2012
El mayo
Aunque el frío no nos abandona ya
hemos entrado en el mes de Mayo. Este mes se iniciaba en Vertavillo como en
tantos otros pueblos de la Península, con la “pinada del mayo”, es decir, la
erección del tronco de un esbelto árbol previamente talado. Los encargados de
esta tarea eran los quintos, como de tantas otras que implicaran juerga y
diversión. La noche antes la cuadrilla de aquel año iba a una de las arboledas
de la vega, frecuentemente el llamado “Prao” o el “Huerto”, y cortaba uno de
los más altos árboles que encontraba. El tronco se pela prácticamente por completo,
dejando sólo algunas ramas en la cúspide, sobre las cuales a veces se podía
poner algún adorno (cintas o globos), y se trasladaba en carro o remolque hasta
el pueblo, todo ello en medio de una considerable jarana bien regada de vino y
amenizada por cánticos. En su momento se colocaba en la Plaza Mayor o en el
Postigo (fuera de la puerta meridional de la muralla), más tarde, tras asfaltar
las calles, también en el “Patín”, en el acceso Oeste del casco antiguo. El “mayo”, tras
amanecer airoso el día 1, se mantenía erguido hasta finalizar el mes, momento en
que los mismos quintos lo retiraban, procediendo a su subasta o venta directa
para sacar algunos cuartos con los que sufragar los múltiples festejos de los
que se hacían cargo a lo largo del año o, más recientemente, para hacer una
merienda de amigos.
La costumbre, como hemos dicho,
no es exclusiva de Vertavillo, puesto que se conoce en otros muchos pueblos y
se mantiene vigente en varios lugares de la provincia de Soria por ejemplo.
Ello ha dado pie a que en algún momento se haya dicho que tiene un origen
ancestral, en ritos prerromanos de saludación a la primavera, algo nada
descabellado por supuesto. Se trata de una de las típicas fiestas de primavera,
en las que se rinde culto a la naturaleza que eclosiona en esta estación y nos
recuerda lo apegados a ella que todavía vivían y viven nuestros pueblos.
En Vertavillo, nos cuenta Sánchez Doncel (1950),
que esta costumbre del mayo o maya es bastante antigua. Nos relata además un
curioso caso asociado a la misma, puesto que tras la subasta del mayo, y para
recaudar más cuartos para las fiestas, las mozas del pueblo salían los días
festivos de este mes de mayo con sus platillos y servilletas a pedir limosna a
los vecinos y forasteros, lo que, al parecer, dio ocasión a “delicadas faltas
de pudor y modestia en las jóvenes” (tengamos en cuenta que estamos hablando
del siglo XVI), por lo que tuvo que actuar el Visitador de la Parroquia prohibiendo
estas salidas.
Por lo demás, la costumbre de “pinar
el mayo” se pierde en torno a mediados de los años 80, víctima, como tantas
otras, de la progresiva despoblación y de la falta de cuadrillas amplias de
jóvenes.
Javier Abarquero
miércoles, 25 de abril de 2012
Las Volanderas de San Marcos
Desde luego, hoy sería un día excepcional para salir a "volar las volanderas", aunque este endiablado viento que sopla en Vertavillo quízás destrozara los molinillos nada más pisar la calle. No sé muy bien porqué motivo y qué se esconde detrás de aquella costumbre que recuerdo de la infancia en mi pueblo, pero el caso es que cada 25 de abril, día de San Marcos, los más pequeños de cada casa salíamos con nuestras rudimentarias "volanderas" y echábamos a correr calle abajo, calle arriba, hasta "el Patín" o "el Postigo", buscando el favor del viento para que las hiciera girar lo más rápido posible emitiendo su característico soniquete. Las volanderas, eso que ahora encontramos en las ferias o en las tiendas de chinos y que llaman molinillos, se fabricaban en casa con un palo y una hoja de papel; dos cortes maestros con la tijera, un par de dobleces y un clavito era toto lo que hacía falta. Si el papel era de color, pues más bonito, si no tampoco importaba mucho, el caso era salir corriendo como si quisieras domesticar el viento. Convertíamos el artilugio en un verdadero aerogenerador (no han inventado nada) que nos cargaba de energía para jugar a lo largo de todo el día.
Como digo, no he indagado en posibles significados ocultos en esta tradición, puesto que sorprende que tenga una fecha fija, quizás acorde con la frecuencia de los fuertes vientos en este més, pero no me extrañaría que escondiera viejas fórmulas utilizadas por nuestros ancestros para librarse de ciertos males o propiciar bonanza y prosperidad.
Javier Abarquero Moras
lunes, 9 de abril de 2012
Domingo de Pascua en Vertavillo
La tradición popular está llena de pequeños gestos y puntuales actividades que llenaban el transcurrir del año en los pueblos de nuestra tierra. Eran costumbres ancestrales continuadas de generación en generación hasta que la despoblación consiguió acabar con ellas. Muchas de estas tradiciones eran protagonizadas por los niños.
El Domingo de Pascua en Vertavillo, era celebrado por la mañana como en tantos otros sitios, con misa solemne y procesión del encuentro entre la virgen enlutada y el Santísimo bajo palio, con el desprendimiento del velo, una tradición que se mantiene. Pero por la tarde era costumbre que los niños fueran "a comer la rosquilla". Las cuadrillas de chavales preparaban la merienda (un chorizo y pan la mayoría de las veces, quízás un refresco de gaseosa de "Los Ángeles", fabricados en el municipio por Ángel García), pero sobre todo la rosquilla.
Este dulce típico de nuestros pueblos se elaboraba particularmente en estas fechas, y nuestras madres, al final de la cuaresma iban cogiendo turno en la panadería para hacerlas. De casa se llevaban casi todos los ingrdientes: huevos, manteca, azucar; en el horno ponían la harina y el trabajo. Luego en casa te ocupabas de decorar las rosquillas con el "unte", es decir con el baño de clara de huevo y azúcar. La forma general de las rosquillas, todos lo sabemos, es la redonda, pero en cada casa se hacía una rosquilla con la forma de la letra inicial del nombre de cada niño o niña, o también una en forma de ramo (para las niñas) o de culebra (para los niños). Esta rosquilla era la que se llevaba el domingo de pascua a merendar.
El lugar habitual para celebrar esta merienda era el llamado "Prao", un sotillo de olmos negrillos situado en la vega del arroyo de los Madrazos a un kilómetro escaso de la localidad. Las meriendas se podían prolongar durante varios días de la semana de pascua.
Javier Abarquero Moras
La tradición popular está llena de pequeños gestos y puntuales actividades que llenaban el transcurrir del año en los pueblos de nuestra tierra. Eran costumbres ancestrales continuadas de generación en generación hasta que la despoblación consiguió acabar con ellas. Muchas de estas tradiciones eran protagonizadas por los niños.
El Domingo de Pascua en Vertavillo, era celebrado por la mañana como en tantos otros sitios, con misa solemne y procesión del encuentro entre la virgen enlutada y el Santísimo bajo palio, con el desprendimiento del velo, una tradición que se mantiene. Pero por la tarde era costumbre que los niños fueran "a comer la rosquilla". Las cuadrillas de chavales preparaban la merienda (un chorizo y pan la mayoría de las veces, quízás un refresco de gaseosa de "Los Ángeles", fabricados en el municipio por Ángel García), pero sobre todo la rosquilla.
Este dulce típico de nuestros pueblos se elaboraba particularmente en estas fechas, y nuestras madres, al final de la cuaresma iban cogiendo turno en la panadería para hacerlas. De casa se llevaban casi todos los ingrdientes: huevos, manteca, azucar; en el horno ponían la harina y el trabajo. Luego en casa te ocupabas de decorar las rosquillas con el "unte", es decir con el baño de clara de huevo y azúcar. La forma general de las rosquillas, todos lo sabemos, es la redonda, pero en cada casa se hacía una rosquilla con la forma de la letra inicial del nombre de cada niño o niña, o también una en forma de ramo (para las niñas) o de culebra (para los niños). Esta rosquilla era la que se llevaba el domingo de pascua a merendar.
El lugar habitual para celebrar esta merienda era el llamado "Prao", un sotillo de olmos negrillos situado en la vega del arroyo de los Madrazos a un kilómetro escaso de la localidad. Las meriendas se podían prolongar durante varios días de la semana de pascua.
Javier Abarquero Moras
lunes, 26 de marzo de 2012
Arquitectura Popular: Los Palomares
Los palomares son la
manifestación arquitectónica de una actividad que complementaba la economía de
autoabastecimiento: la cría de palomas. De estas conseguían pichones que
contribuían a variar la dieta alimentaria y “palomina”, el excremento del
animal que en grandes cantidades se utilizaba como abono.
Hace una década, la
mayoría de estas edificaciones estaban ya en desuso pero se mantenían en buen
estado, Hoy, la ruina amenaza a la mayoría; grandes grietas, paredes descarnadas,
tejados semidesplomados y puertas desvencijadas son rasgos habituales.Tipológicamente pertenecen al tipo de “Torre” (Sánchez Sanz, 1979), la planta es rectangular o cuadrada, aunque también los hubo de planta circular. Sus dimensiones varían, siendo más grandes los rectangulares, que pueden llegar a tener 12 m de largo por 5 m de ancho, que los cuadrados, que tienen 5 por 5 m por término medio. El basamento de piedra es muy bajo y el resto de la altura, de 6 a 8 m, se levanta con adobes formando un grueso muro que se revoca al exterior con yeso. La cubierta es siempre a un agua y al exterior, -en ningún caso hay patio interior-, está siempre orientada al sur para aprovechar al máximo las horas de sol y el calor, y se confecciona con teja curva formando ríos sin cubrir, lo que facilita el barrido y recogida de la palomina que servirá de abono.
La entrada y salida de las palomas se hace por las “troneras” y ventanas protegidas al interior por una malla metálica enmarcada que se abre y cierra desde el piso inferior mediante una cuerda. El tejado se complementa con una barandilla de adobe que recorre el contorno del edificio dejando libre el lado sur, raramente va decorada, y cuando lo está, muestra unos motivos muy sobrios. En un caso, atípico por su aspecto, la barandilla aparece suntuosamente decoradas con tejas y ladrillos calados de vivo color rojo; es además el doble de alta que las otras, recorre también el lado sur y se interrumpe por pilares que rematan en palomas de piedra, los llamados “reclamos” que llamaban la atención de las verdaderas palomas, y por un arco en el frente. Este paloma es aún más excepcional cuando se observa una vertiente quebrada, que aprovecha la pared del desnivel para colocar seis aberturas y la vertiente inferior para abrir dos troneras.
Las puertas son pequeñas y dan acceso a un primer piso que no tiene nichos en las paredes, porque el piso bajo no es propicio para que aniden las palomas a causa del peligro que suponen los roedores. Por encima suele haber otros dos pisos a los que se accede por una escalera adosada a la pared. Estos se encuentran compartimentados por muros de adobe y en todas las paredes se instalan los columbarios o nichos para que aniden las palomas. Estos últimos tienen forma cuadrangular y unas dimensiones aproximadas de 16 cm de ancho, 16 cm de largo y otros 16 cm de profundidad.
El mayor número de palomares se concentra en una zona a la que precisamente han dado nombre, “los palomares”.
F. Javier Abarquero Moras
Referencias
Sánchez Sanz, M.E. 1979: “Los
palomares en tierra de Campo palentina”, Narria
14: 11-13.
jueves, 23 de febrero de 2012
Miércoles de Ceniza y entierro de la sardina
Miércoles de ceniza y entierro de la sardina
Hacia mediados del siglo pasado el miércoles de Ceniza en Vertavillo se se recorrían las calles con cencerros y echando “gallinaza” o “aspergés” –una pestilente mezcla de estiércol de gallina y ceniza- para echar fuera las carnes (carnestolendas) y dar comienzo a la cuaresma. Por la noche se efectuaba el Entierro de la Sardina con una particular fórmula. El cortejo portaba una escalera de mano cubierta por una manta, en cuyo extremo delantero se sujetan dos botas que simulan los pies del difunto, mientras que por el hueco trasero una pesona asoma la cabeza reclinada hacia atrás, de manera que, aunque camina con el resto de la comitiva, parecía ir tumbado en las parihuelas. Otro intérprete se viste de sacerdote, al que también podía acompañar un monaguillo, y recita toda serie de dislates en un latín inventado, al que se unen chascarrillos y ocurrencias de los asistentes. Las mujeres se colocaban los más disparatados lutos y seguian la comitiva bailando y cantando al son de la tambora. El falso sacerdote recitaba con frecuencia frases como "llorad hijos míos que se ha acabado el vino".
martes, 21 de febrero de 2012
Martes de Carnaval en Vertavillo
Viendo la luz que inundaba hoy la iglesia parroquial de Vertavillo me resultaba difícil imaginar el mismo día hace 60 años, con los ventanales de la nave central tapiados, y con la ténue y humosa luz de las velas y círios. Sería, sin duda, más lúgrube, más funesto. Un marco ideal, por lo tanto, para celebrar una misa de difuntos por las Bénditas Ánimas del Purgatorio. Com hablaba en la entrada anterior, la fiesta del Carnaval se mezcla en Vertavillo con la devoción de las Ánimas, un "maridaje" que en nuestra sociedad actual sorprende pero que en la España de los siglos XVI a XIX no era tan ajeno. Una forma de vencer al enemigo es unirse a él, y eso debieron pensar los devotos católicos tras el Concilio de Trento, cuando se generaliza la creencia en las Ánimas purgantes, creando estas cofradías que se dedicaban, precisamente estos días de excesiva diversión, a rezar por su salvación. No se renunca al festejo, pero se combina con los responsos, de manera que todos salen ganando. Esta es la idea principal del carnaval de ánimas de Vertavillo y así lleva funcionande desde hace más de 400 años (al parecer).
Un rasgo especial del Martes de Carnaval era la construcción delante del altar de la iglesia de un Túmulo o catafalco, una pirámide escalonada de cajones con calaveras pintadas que representaba a las ánimas del purgatorio, sobre el que, siguiendo una costumbre de origen pagano, se colocaba una hogaza de pan.
Javier Abarquero
Viendo la luz que inundaba hoy la iglesia parroquial de Vertavillo me resultaba difícil imaginar el mismo día hace 60 años, con los ventanales de la nave central tapiados, y con la ténue y humosa luz de las velas y círios. Sería, sin duda, más lúgrube, más funesto. Un marco ideal, por lo tanto, para celebrar una misa de difuntos por las Bénditas Ánimas del Purgatorio. Com hablaba en la entrada anterior, la fiesta del Carnaval se mezcla en Vertavillo con la devoción de las Ánimas, un "maridaje" que en nuestra sociedad actual sorprende pero que en la España de los siglos XVI a XIX no era tan ajeno. Una forma de vencer al enemigo es unirse a él, y eso debieron pensar los devotos católicos tras el Concilio de Trento, cuando se generaliza la creencia en las Ánimas purgantes, creando estas cofradías que se dedicaban, precisamente estos días de excesiva diversión, a rezar por su salvación. No se renunca al festejo, pero se combina con los responsos, de manera que todos salen ganando. Esta es la idea principal del carnaval de ánimas de Vertavillo y así lleva funcionande desde hace más de 400 años (al parecer).
Un rasgo especial del Martes de Carnaval era la construcción delante del altar de la iglesia de un Túmulo o catafalco, una pirámide escalonada de cajones con calaveras pintadas que representaba a las ánimas del purgatorio, sobre el que, siguiendo una costumbre de origen pagano, se colocaba una hogaza de pan.
Javier Abarquero
domingo, 19 de febrero de 2012
Domingo de Carnaval en Vertavillo
La fiesta comienza con el toque de campanas para acudir a misa. Tras el segundo repique -en Vertavillo se daban tres avisos- el tambor hace su recorrido habitual llamando a los cofrades para asistir a la eucaristía con el denominado “toque de oficiales”. En otro tiempo el recorrido del tambor pasaba por las casas de los distintos cargos, siguiendo la jerarquía, y estos se iban incorporando a la comitiva con sus insignias hasta llegar a la Sala. En la actualidad se espera a que acudan todos los cargos y cofrades para iniciar el desfile que da paso al “revoleo” delante de la iglesia. En esta ocasión se sacan el estandarte rojo, la alabarda y tres banderas, amén de las varas portadas por cada uno de los cargos, y se procede según el ritual establecido.
La marcha, que se inicia con el sonido de la tambora, la encabeza el estandarte, seguido por el capitán, el alférez con la bandera (acompañado de otros dos abanderados por lo general) y el sargento con la alabarda; detrás de ellos sale el tambor y enseguida los demás oficiales. En este orden dan una vuelta a la plaza, quedando el estandarte en un extremo, a la derecha del pórtico de la iglesia, los abanderados y el alférez en el centro, frente a la misma, y el tambor y el resto del séquito (capitán, cabos, síndico y alcaldes) en el extremo opuesto, junto al Ayuntamiento. La tambora, con sus toques y cambios de ritmo, va marcando los distintos pasos de la exhibición. El primero de ellos es el lanzamiento de la alabarda por parte del sargento, que en esta ocasión lo hace tres veces, en el centro de la plaza, a un lado y al otro. La pericia del oficial consiste en lanzar el mástil lo más alto posible con una sola mano, que aquel se eleve en posición horizontal y recogerlo a su vuelta igualmente sin usar más que un brazo, evitando que caiga al suelo y que se desequilibre. Antes de cada lanzamiento el sargento hace un particular saludo –indicando a uno y otro lado con los dedos índice y pulgar de la mano derecha-. Tras este preludio sale el alférez y los abanderados que le acompañan, repiten el mismo saludo y, siguiendo las indicaciones de la tambora, empiezan el revoleo de las banderas, con una sola mano, primero hacia un lado y luego hacia el otro. Su habilidad consiste en evitar que la tela se enrolle, sobre todo en el momento de hacer el giro, y en soportar el peso del mástil, desde luego nada desdeñable. Este revoleo se interrumpe dos veces para tirar la alabarda, aunque en estas ocasiones sólo se realiza un lanzamiento. El acto culmina con otros tres lanzamientos similares a los que lo abrieron y con la ovación y el aplauso del público asistente.
Una vez acabada la exhibición se reanuda el desfile alrededor de la plaza, se da el último toque de campanas y se entra en la iglesia. Los miembros de la “Mesa” ocupan los primeros bancos, aquellos utilizados por las autoridades civiles en las otras grandes festividades religiosas. La salida del sacerdote se acompaña de un redoble de tambor y da comienzo el oficio. Antes del Ofertorio la tambora se deja oír de nuevo, el cura desciende al pie del altar y sujeta con su mano la estola. El síndico se coloca al lado del sacerdote con el platillo y los cofrades dirigentes primero y luego todos los demás, pasan besando la mencionada prenda y depositando su donativo mientras el tambor y los oficiales dan una vuelta por el interior del templo al son del llamado “toque del Ofertorio”. De forma tradicional este desfile sólo era protagonizado por los hombres de la hermandad, sin la participación de las mujeres, aunque en la actualidad acude todo el que lo desea. Las baquetas callan hasta el momento de la consagración, momento en el que sustituyen con un rítmico tamborileo a la tradicional esquililla que el resto de los días acompañaba la elevación.
A la salida de la ceremonia se repite el tradicional acto del desfile alrededor de la plaza y el revoleo. Los miembros de la mesa acudían seguidamente a la casa del cura, quién les ofrecía un pequeño ágape de vino y pastas. Tras ello, los dirigentes vuelven a su sede y, en un ambiente más relajado y distendido, a la vez que menos solemne, se invita a los presentes a probar el vino, que ahora se acompaña de aperitivos varios, fundamentalmente aceitunas, patatas fritas y galletas.
Fuente:
Abarquero Moras, F.J. (2009): El Carnaval de Vertavillo y las cofradías de ánimas del Cerrato Palentino, Estudios Locales, 6, Institución Tello Téllez de Meneses, Diputación de Palencia, Palencia.
Sánchez Doncel, G. (1950): "Historia de Vertavillo. Estudio cocumental de la Villa de Vertavillo", Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses, 4: 57-132.
jueves, 16 de febrero de 2012
El Carnaval de Vertavillo
El Carnaval de Vertavillo
Para dar inicio a este Blog e iniciarme en su uso permitidme comentaros cuatro cosas sobre el Carnaval de Vertavillo.
Se trata de una tradición particular que hunde sus raíces en el siglo XVI y es uno de los pocos Carnavales de Ánimas que se conservan en la Península Ibérica.
El origen de la fiesta está en una Cofradía de Ánimas fundada al parecer en 1575, aunque la confirmación por parte del Obispo no tiene lugar hasta 1676, que tiene como finalidad recaudar fondos para realizar sufragios por las Benditas Ánimas del Purgatorio. Hasta aquí ninguna peculiaridad, pero es en su organización y en los actos que organiza donde radica su originalidad. En vez de los carácterísticos cargos habituales en otras cofradías, en este caso cuenta con una Mesa o Junta directiva formada por cargos militares: un capitán, un aposentador, un alférez, un sargento, un "tambor", un portaestandarte y dos cabos, acompañados de otros oficios civiles y religiosos (dos alcaldes, un síndico, una abad y un secretario). Suya es la tarea de organizar los actos de la fiesta de la cofradía, que tienen lugar en los días de Carnaval. Desde el día de las Candelas, tanto al amanecer como al anochecer, salía el encargado del tambor (Tambora) a dar vuelta al pueblo llamando a la oración por las ánimas del Purgatorio. Llegado el Domingo de Carnaval se realiza, antes de misa, el "revoleo", un acto que comienza con la llamada "a oficiales" por parte del tambor, su reunión en la "Sala" de la cofradía y el posterior desfile de los oficiales (cada uno con su insignia correspondiente) por la plaza para proceder al revoleo en sí. Este consiste en hacer girar tres grandes banderas de colores en posición horizontal al son de los toques del tambor y en el lanzamiento de la "alabarda" (arma ofensiva vestida con telas y cintas) al aire. El ritual se repite a la salida de la misa y por la tarde, y otra vez el Martes de Carnaval, día este que es en realidad la fiesta grande de la cofradía.
La tradición era algo más complicada en el pasado y se repetía en muchos pueblos del Cerrato.
Para quien quiera saber más se puede consultar: F.J. Abarquero Moras, El Carnaval de Vertavillo y las Cofradías de Ánimas en el Cerrato palentino, 2009, Estudios Locales, 6, Diputación de Palencia.
Para dar inicio a este Blog e iniciarme en su uso permitidme comentaros cuatro cosas sobre el Carnaval de Vertavillo.
Se trata de una tradición particular que hunde sus raíces en el siglo XVI y es uno de los pocos Carnavales de Ánimas que se conservan en la Península Ibérica.
El origen de la fiesta está en una Cofradía de Ánimas fundada al parecer en 1575, aunque la confirmación por parte del Obispo no tiene lugar hasta 1676, que tiene como finalidad recaudar fondos para realizar sufragios por las Benditas Ánimas del Purgatorio. Hasta aquí ninguna peculiaridad, pero es en su organización y en los actos que organiza donde radica su originalidad. En vez de los carácterísticos cargos habituales en otras cofradías, en este caso cuenta con una Mesa o Junta directiva formada por cargos militares: un capitán, un aposentador, un alférez, un sargento, un "tambor", un portaestandarte y dos cabos, acompañados de otros oficios civiles y religiosos (dos alcaldes, un síndico, una abad y un secretario). Suya es la tarea de organizar los actos de la fiesta de la cofradía, que tienen lugar en los días de Carnaval. Desde el día de las Candelas, tanto al amanecer como al anochecer, salía el encargado del tambor (Tambora) a dar vuelta al pueblo llamando a la oración por las ánimas del Purgatorio. Llegado el Domingo de Carnaval se realiza, antes de misa, el "revoleo", un acto que comienza con la llamada "a oficiales" por parte del tambor, su reunión en la "Sala" de la cofradía y el posterior desfile de los oficiales (cada uno con su insignia correspondiente) por la plaza para proceder al revoleo en sí. Este consiste en hacer girar tres grandes banderas de colores en posición horizontal al son de los toques del tambor y en el lanzamiento de la "alabarda" (arma ofensiva vestida con telas y cintas) al aire. El ritual se repite a la salida de la misa y por la tarde, y otra vez el Martes de Carnaval, día este que es en realidad la fiesta grande de la cofradía.
La tradición era algo más complicada en el pasado y se repetía en muchos pueblos del Cerrato.
Para quien quiera saber más se puede consultar: F.J. Abarquero Moras, El Carnaval de Vertavillo y las Cofradías de Ánimas en el Cerrato palentino, 2009, Estudios Locales, 6, Diputación de Palencia.
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